Apenas va empezando la semana y ya siento que estoy corriendo una carrera que no sé si voy a poder terminar. Es lunes y desde que abrí los ojos tuve esa sensación rara en el pecho, como si algo me estuviera recordando que tengo demasiadas cosas por hacer. La alarma sonó a las 6:00 a.m., pero yo ya estaba despierta desde antes, pensando en la tarea de matemáticas, en la exposición de historia, en el uniforme que tenía que lavar y en el mensaje que todavía no contesto. A veces creo que mi cabeza nunca descansa.
Hoy en la escuela todo parecía normal, pero para mí no lo fue. En la primera clase nos recordaron que el miércoles tenemos examen, y sentí cómo mi estómago se hacía chiquito. Después, la maestra pidió el avance del proyecto que apenas empecé ayer en la noche. Me di cuenta de que no es que tenga mil pendientes enormes, sino que todos se juntan al mismo tiempo y eso me abruma. Es como si cada responsabilidad fuera una gota de agua, y juntas se convierten en una tormenta.
Lo peor del estrés es que no se ve. Nadie nota cuando por dentro estoy haciendo listas mentales interminables. Nadie escucha el ruido que hacen mis pensamientos cuando me repiten: “No se te puede olvidar”, “Hazlo perfecto”, “No te equivoques”. A veces soy yo misma la que más presión se pone. Quiero que todo me salga bien, quiero cumplir, quiero demostrar que puedo con todo… pero no siempre sé cómo.
El martes no fue muy diferente. Desperté cansada aunque dormí ocho horas. Me miré al espejo y pensé que tengo ojeras de adulta atrapada en cuerpo de adolescente. En la escuela intenté organizarme mejor. Saqué mi libreta y anoté todas las tareas de la semana. Al verlas escritas me dio más miedo al principio, pero después entendí que al menos ya no estaban flotando en mi cabeza sin orden. Hice una lista por días y decidí empezar por lo más urgente.
Me di cuenta de que el estrés también me afecta físicamente. Me duele un poco la cabeza, me cuesta concentrarme y a veces estoy más sensible. Hoy casi lloro porque no encontraba un archivo en mi celular. Me sentí exagerada, pero creo que no era por el archivo, sino por todo lo acumulado. Es como si cualquier cosa pequeña se volviera enorme cuando ya estoy saturada.
Sin embargo, algo diferente está pasando esta semana. En lugar de ignorar lo que siento, estoy tratando de escucharlo. Ayer, cuando llegué a casa, en vez de acostarme con el celular durante horas, me senté diez minutos en silencio. Respiré profundo. Inhalé contando hasta cuatro y exhalé contando hasta cuatro. Parece algo muy simple, pero me ayudó a sentir que al menos tenía control sobre mi respiración, aunque no sobre todo lo demás.
También hablé con mi mamá. No le conté todo con drama, solo le dije que me sentía un poco abrumada. Me escuchó y me dijo que es normal, que todas las semanas no son iguales y que aprender a organizarme también es parte de crecer. Sus palabras no borraron mis pendientes, pero sí me hicieron sentir acompañada. A veces el estrés se hace más grande cuando creemos que estamos solas.
Hoy miércoles, aunque sigo teniendo muchas cosas por hacer, decidí cambiar mi forma de pensar. En vez de repetirme que “no puedo”, estoy intentando decirme “voy paso por paso”. Después de la escuela hice primero la tarea más difícil. Me costó empezar, pero una vez que avancé la mitad, sentí un pequeño orgullo. No era perfecta, pero estaba hecha. Y eso ya era suficiente.
Me di cuenta de que muchas veces el estrés viene de querer hacerlo todo perfecto y de inmediato. Pero soy humana. Soy adolescente. Estoy aprendiendo. No tengo que resolver mi vida entera en una semana. Pensar eso me quitó un poco de peso de los hombros.
Aprendí que organizarme me da claridad. Que respirar me calma. Que pedir apoyo no me hace débil. Que descansar también es productivo. Y, sobre todo, que no tengo que ser perfecta para estar haciendo las cosas bien.
Tal vez la próxima semana vuelva a sentir que todo se junta. Tal vez haya días en que quiera rendirme. Pero ahora sé que puedo dividir los problemas en partes más pequeñas. Sé que puedo hablarlo. Sé que puedo darme permiso de fallar y volver a intentar.
Ser adolescente no es fácil. Estamos creciendo, cambiando, intentando descubrir quiénes somos mientras cumplimos con tareas, exámenes y expectativas. A veces pesa. A veces cansa. Pero también me estoy conociendo más en medio de todo esto.
Por ahora, cierro esta semana con una lista menos larga y un corazón un poco más tranquilo. Y eso, aunque parezca pequeño, para mí es un gran logro.