preparatoria (4)

Presión bajo presión by Tina

Hoy finalmente terminó la semana de exámenes. Si alguien me hubiera preguntado hace unos días cómo me sentía,31103875662?profile=RESIZE_400x probablemente habría dicho que estaba cansada, estresada y con la cabeza llena de fechas, fórmulas y conceptos que intentaba memorizar a toda prisa. Pero ahora que todo terminó, lo único que siento es una mezcla muy rara entre alivio y un nuevo tipo de presión que no esperaba sentir tan pronto.

Durante toda la semana viví prácticamente pensando en los exámenes. Cada día despertaba con la sensación de que tenía algo importante que recordar. Antes de salir de casa repasaba mis apuntes una y otra vez, como si con leerlos por última vez fuera a asegurar que todo se quedara en mi mente. En la escuela, el ambiente se sentía diferente. Todos hablaban de lo mismo: qué iba a venir en el examen, qué temas estaban más difíciles o qué profesor era más estricto al calificar. Era como si toda la preparatoria estuviera respirando el mismo nerviosismo.

El lunes tuve mi primer examen. Recuerdo perfectamente cómo sentía el corazón latiendo más rápido cuando el profesor repartió las hojas. En ese momento, el salón se quedó en silencio. Solo se escuchaban las hojas moverse y los lápices escribiendo. Al principio siempre pasa lo mismo: leo la primera pregunta y siento que mi mente se queda en blanco por unos segundos. Después, poco a poco, todo empieza a acomodarse y las respuestas van apareciendo. No siempre con seguridad, pero al menos con la sensación de que algo sé.

Así fue pasando cada día. Un examen tras otro. Algunos me parecieron más fáciles, otros definitivamente me hicieron dudar de si estudié lo suficiente. Hubo momentos en los que salía del salón pensando que me había ido muy bien, y otros en los que sentía que tal vez pude haberlo hecho mejor. Pero aun así, cada examen terminado era como quitarme una pequeña piedra de encima.

El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. Era el último examen de la semana, y aunque estaba cansada, también tenía muchas ganas de terminar. Cuando entregué mi hoja y salí del salón, sentí algo parecido a libertad. Era como si mi mente pudiera descansar por fin después de varios días de estar pensando en lo mismo.

Sin embargo, esa sensación no duró tanto como imaginaba.

Hoy en la escuela nos recordaron algo que, honestamente, había olvidado por completo mientras estaba concentrada en estudiar: la próxima semana empiezan las exposiciones. Apenas escuché eso, sentí cómo regresaba esa presión en el pecho, pero ahora de una forma diferente.

Los exámenes son difíciles, sí, pero al menos son silenciosos. Solo estás tú, tu hoja y lo que sabes. Las exposiciones son otra cosa completamente distinta. Significan pararte frente a todo el grupo, hablar en voz alta, explicar un tema y esperar que todo salga bien mientras todos te están viendo.

Solo de pensarlo siento un peso enorme.

No es que no me guste participar, pero hay algo en las exposiciones que me pone muy nerviosa. Tal vez es el miedo a equivocarme o a quedarme en blanco. A veces imagino ese momento en el que estás hablando y de repente olvidas lo que sigue. Ese silencio incómodo donde todos esperan a que continúes. Esa es una de las cosas que más me preocupa.

Además, esta vez siento que las exposiciones son más importantes. Estamos en la preparatoria y todo parece tener más peso que antes. Los profesores esperan más de nosotros, los temas son más largos y las presentaciones tienen que estar mejor preparadas. Ya no es solo leer algo en voz alta; ahora tenemos que explicar, analizar y hasta responder preguntas.

Cuando pienso en todo eso, siento que mi mente vuelve a llenarse de preocupaciones. Es como si la semana de exámenes hubiera sido una montaña que logré subir con mucho esfuerzo, pero justo al llegar a la cima me doy cuenta de que hay otra montaña esperando enfrente.

A veces me pregunto si todos mis compañeros sienten lo mismo. Algunos parecen muy tranquilos, incluso emocionados por exponer. Otros hacen bromas diciendo que improvisarán todo el mismo día. Yo no sé cómo logran tomárselo tan a la ligera.

En mi caso, lo único que puedo pensar es en todo lo que tengo que preparar. Investigar el tema, organizar la información, hacer diapositivas, practicar lo que voy a decir y tratar de que todo tenga sentido. Solo imaginar la cantidad de cosas que debo hacer me hace sentir ese peso otra vez.

Pero al mismo tiempo, intento recordarme algo importante: ya pasé por la semana de exámenes. Hubo momentos en los que pensé que no podría con tanto estrés, y aun así lo logré. Tal vez con las exposiciones pase lo mismo. Tal vez ahora parece algo enorme, pero poco a poco se irá resolviendo.

También pienso que, de alguna forma, estas cosas son parte de crecer. La preparatoria se siente diferente a la secundaria. Todo es más rápido, más exigente, más serio. A veces eso asusta un poco, porque parece que siempre hay algo nuevo que enfrentar.

Hoy, mientras escribo esto, sigo sintiendo ese peso en los hombros. No es un miedo enorme, pero sí una presión constante que me recuerda que la próxima semana será importante. Supongo que así es la escuela muchas veces: cuando termina un reto, otro ya está esperando.

Aun así, trato de quedarme con una pequeña sensación de orgullo. Sobreviví a la semana de exámenes. Tal vez no fue perfecta, tal vez en algunos me equivoqué, pero hice lo mejor que pude en ese momento.

Ahora solo queda prepararme para lo que sigue.

La semana de exposiciones está a punto de comenzar, y aunque siento que es una carga pesada, también sé que eventualmente pasará, igual que pasaron los exámenes. Quizá dentro de unos días vuelva a escribir en este diario diciendo que todo terminó y que no era tan terrible como parecía.

 

Por ahora, lo único que puedo hacer es respirar hondo, organizar mis ideas y empezar a prepararme. Porque aunque el peso se siente grande, también sé que soy capaz de cargarlo.

Leer más…

Un lunes sin nudos en el estómago

Hoy empezó mi semana de exámenes y, por primera vez en mucho tiempo, no siento ese nudo apretándome el estómago desde31096083478?profile=RESIZE_400x que abro los ojos. Me desperté antes de que sonara la alarma, pero no porque estuviera nerviosa, sino porque dormí bien. Eso ya es raro en mí cuando hay evaluaciones. Normalmente paso la noche repasando fórmulas en mi cabeza como si mi cerebro fuera una pizarra que no se apaga nunca. Pero ayer decidí cerrar el cuaderno a las nueve, preparar mi mochila y confiar en lo que estudié durante los últimos días. Tal vez crecer también significa aprender a soltar.

Esta semana tengo exámenes de matemáticas, historia, química y español. Solo escribirlo suena pesado, pero no se siente así. En otras ocasiones habría hecho una lista interminable de todo lo que podría salir mal: olvidar una fecha importante, confundir una fórmula, quedarme en blanco frente al examen. Sin embargo, ahora lo veo diferente. Me he dado cuenta de que los exámenes no son enemigos, sino oportunidades para demostrar lo que ya sé. No definen quién soy, solo miden lo que he aprendido hasta ahora. Y eso cambia mucho las cosas.

Creo que esta tranquilidad tiene que ver con cómo me organicé. El fin de semana hice un horario realista, no uno imposible donde pretendía estudiar seis horas seguidas sin descanso. Dividí los temas por bloques pequeños y dejé espacios para descansar, escuchar música o salir un rato al patio. Antes pensaba que estudiar significaba sufrir, pero ahora entiendo que mi mente funciona mejor cuando no la presiono demasiado. Me preparé con tiempo, resolví ejercicios, hice resúmenes y hasta le expliqué algunos temas a una amiga por videollamada. Enseñar me ayudó a entender mejor.

También influyó algo más profundo: mi manera de hablarme a mí misma. Siempre he sido muy exigente. Si sacaba nueve, me preguntaba por qué no era diez. Si me equivocaba en una pregunta, sentía que todo el examen estaba arruinado. Pero estas últimas semanas he intentado cambiar esa voz crítica por una más comprensiva. Cuando me equivoco, me digo: “Está bien, estás aprendiendo”. Puede sonar simple, pero cambia mi respiración, mi postura y hasta mi forma de enfrentar el siguiente ejercicio.

Hoy presenté el primer examen, el de matemáticas. Antes, el simple hecho de ver tantas hojas con números me aceleraba el corazón. Esta vez respiré hondo antes de empezar. Leí todas las preguntas con calma y comencé por las que me parecían más fáciles. Hubo un momento en el que dudé en un procedimiento, pero no entré en pánico. Lo dejé para el final y seguí con lo demás. Al regresar a esa pregunta, la resolví con la mente más clara. Salí del salón sintiéndome satisfecha, no porque esté segura de que todo está perfecto, sino porque di lo mejor de mí.

Me sorprende darme cuenta de que la tensión no desapareció sola; la fui transformando poco a poco. Recuerdo otras semanas de exámenes en las que me dolía la cabeza, me temblaban las manos y hasta discutía en casa sin razón. El estrés se convertía en enojo o en lágrimas. Ahora, en cambio, he aprendido a reconocer cuando empiezo a saturarme. Si siento que la información ya no entra, cierro el cuaderno y doy una vuelta. A veces me preparo un té, otras veces solo me acuesto cinco minutos mirando el techo. Descansar dejó de ser una pérdida de tiempo.

Algo que también me ayuda es pensar en todo lo que he logrado hasta ahora. No soy la misma de primer año, la que se sentía pequeña frente a cada reto. He superado exposiciones, proyectos en equipo, tareas acumuladas y hasta días en los que pensé que no podría con todo. Si pude con eso, también puedo con esta semana. Ver mi propio progreso me da confianza.

Mis amigas también influyen mucho. En lugar de competir por quién estudió más, nos apoyamos. Nos enviamos audios explicando temas, compartimos apuntes y hasta memes sobre lo cansadas que estamos. Reírnos del estrés lo hace más ligero. Me doy cuenta de que no estoy sola en esto. Todas sentimos presión, pero también todas estamos creciendo juntas.

Mañana tengo historia. Antes me abrumaba memorizar fechas y nombres, pero ahora intento entender los procesos, imaginar las épocas y conectar los acontecimientos con el presente. Estudiar así lo vuelve más interesante y menos mecánico. Ya no estudio solo para pasar, sino para comprender. Y cuando el aprendizaje tiene sentido, la ansiedad disminuye.

Esta nueva forma de vivir los exámenes no significa que me dé igual el resultado. Claro que quiero buenas calificaciones. Claro que me importa mi promedio. Pero ya no permito que eso determine mi valor. Soy más que un número en una boleta. Soy esfuerzo, constancia, sueños y metas. Y eso ningún examen puede medirlo completamente.

A mitad de la tarde, mientras organizaba mis apuntes para mañana, me di cuenta de algo importante: estoy orgullosa de mí. No porque todo sea perfecto, sino porque estoy aprendiendo a manejar la presión. La tranquilidad no llegó porque la semana sea más fácil, sino porque yo soy más fuerte y más consciente de cómo enfrentarla.

Todavía faltan varios exámenes, y sé que puede haber momentos de cansancio. Tal vez algún día me sienta más abrumada que hoy. Pero ahora sé que tengo herramientas: organización, respiración, descanso, apoyo y una voz interna más amable. Eso me da seguridad.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que empezaría una semana de exámenes sintiéndome ligera, no lo habría creído. Pensaba que la tensión era inevitable, que ser buena estudiante significaba vivir estresada. Hoy entiendo que no tiene que ser así. Puedo ser responsable sin dejar de estar en paz.

Termino este lunes con una sensación nueva: confianza serena. No es euforia ni exceso de optimismo; es una calma que viene de saber que hice lo que estaba en mis manos. Pase lo que pase en los resultados, ya gané algo importante: la capacidad de enfrentar mis retos sin perderme en el miedo.

Y eso, vale más que cualquier diez.

Leer más…

Una semana pesada, pero con pequeñas victorias

Esta semana ha sido una de las más pesadas que recuerdo30987681664?profile=RESIZE_400x desde que entré a la preparatoria. No sé si es por el cansancio acumulado o porque los exámenes de periodo me tienen con los nervios de punta, pero cada día se ha sentido eterno. Me he pasado horas estudiando, repasando apuntes, tratando de entender temas que todavía me confunden un poco. A veces me da miedo no poder con todo, como si por más que me esfuerce, nunca fuera suficiente.

El lunes empezó con el examen de matemáticas, y aunque al principio pensé que me iba a ir fatal, al final sentí que respondí mejor de lo esperado. Eso me dio un poco de confianza, pero luego vino historia, y ahí sí sentí que mi cabeza no daba para más. A mitad de la semana ya estaba agotada, indecisa entre seguir estudiando o darme un descanso. Me preguntaba si realmente valía la pena tanto esfuerzo, pero luego recordé lo mal que me sentí la última vez que bajé mi promedio. No quiero volver a pasar por eso.

Lo bueno es que hoy me entregaron algunos resultados y, para mi sorpresa, mis calificaciones van mejorando. Tal vez no tengo dieces en todo, pero ver que mi trabajo está dando frutos me hizo sentir orgullosa. Me di cuenta de que, aunque me queje y dude de mí, sí puedo con esto. Solo necesito organizarme mejor y no rendirme cuando las cosas se ponen difíciles.

Ahora que lo pienso, esta semana tan pesada también me enseñó algo importante: el esfuerzo sí vale la pena. No todo tiene que salir perfecto, pero cada mejora cuenta. A veces no se trata de ser la mejor, sino de ser mejor que ayer. Y aunque sigo sintiéndome un poco indecisa sobre cómo manejar tanto estrés, saber que estoy avanzando, aunque sea despacio, me da esperanza. Creo que eso ya es una pequeña victoria.

Leer más…

“Abrumada por crecer”

Hoy siento un peso raro en el pecho. No sé si llamarlo13704127279?profile=RESIZE_400x ansiedad, miedo o simplemente abrumación. Solo sé que me cuesta respirar cuando pienso en que estoy creciendo.

De niña, yo quería ser grande rápido. Soñaba con tener libertad, con poder decidir todo, con no depender de nadie. Pero ahora que estoy aquí, que la adolescencia me recuerda todos los días que ya no soy una niña, me asusta. Me doy cuenta de que crecer no es como lo imaginaba.

Hay tantas decisiones por tomar. Qué quiero estudiar, cómo quiero ser, con quién me quiero juntar. Todo el mundo me dice que disfrute, pero yo siento la presión de que cada paso define mi futuro. Y eso me abruma. ¿Y si me equivoco? ¿Y si no soy suficiente para lo que venga?

También me duele darme cuenta de que las cosas ya no son tan simples. Antes lloraba y alguien me consolaba al instante. Ahora lloro en silencio porque no quiero que me digan que exagero. Antes me preocupaba por mis juguetes; ahora me preocupa mi vida entera.

Lo más duro es sentir que no puedo detener el tiempo. Que voy a seguir creciendo, aunque no me sienta lista. A veces quisiera quedarme en pausa, respirar sin tanta prisa, pero la vida no me espera.

Sé que crecer tiene cosas bonitas: descubrirme, soñar en grande, sentirme más libre. Pero hoy, diario, lo que siento es miedo. Miedo de fallar, miedo de no entenderme, miedo de no encajar.

Tal vez algún día vea esta etapa como un recuerdo valioso. Pero mientras tanto, solo puedo escribirlo y aceptar que crecer también duele.

Leer más…

Temas del blog por etiquetas

Archivos mensuales