Hoy finalmente terminó la semana de exámenes. Si alguien me hubiera preguntado hace unos días cómo me sentía, probablemente habría dicho que estaba cansada, estresada y con la cabeza llena de fechas, fórmulas y conceptos que intentaba memorizar a toda prisa. Pero ahora que todo terminó, lo único que siento es una mezcla muy rara entre alivio y un nuevo tipo de presión que no esperaba sentir tan pronto.
Durante toda la semana viví prácticamente pensando en los exámenes. Cada día despertaba con la sensación de que tenía algo importante que recordar. Antes de salir de casa repasaba mis apuntes una y otra vez, como si con leerlos por última vez fuera a asegurar que todo se quedara en mi mente. En la escuela, el ambiente se sentía diferente. Todos hablaban de lo mismo: qué iba a venir en el examen, qué temas estaban más difíciles o qué profesor era más estricto al calificar. Era como si toda la preparatoria estuviera respirando el mismo nerviosismo.
El lunes tuve mi primer examen. Recuerdo perfectamente cómo sentía el corazón latiendo más rápido cuando el profesor repartió las hojas. En ese momento, el salón se quedó en silencio. Solo se escuchaban las hojas moverse y los lápices escribiendo. Al principio siempre pasa lo mismo: leo la primera pregunta y siento que mi mente se queda en blanco por unos segundos. Después, poco a poco, todo empieza a acomodarse y las respuestas van apareciendo. No siempre con seguridad, pero al menos con la sensación de que algo sé.
Así fue pasando cada día. Un examen tras otro. Algunos me parecieron más fáciles, otros definitivamente me hicieron dudar de si estudié lo suficiente. Hubo momentos en los que salía del salón pensando que me había ido muy bien, y otros en los que sentía que tal vez pude haberlo hecho mejor. Pero aun así, cada examen terminado era como quitarme una pequeña piedra de encima.
El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. Era el último examen de la semana, y aunque estaba cansada, también tenía muchas ganas de terminar. Cuando entregué mi hoja y salí del salón, sentí algo parecido a libertad. Era como si mi mente pudiera descansar por fin después de varios días de estar pensando en lo mismo.
Sin embargo, esa sensación no duró tanto como imaginaba.
Hoy en la escuela nos recordaron algo que, honestamente, había olvidado por completo mientras estaba concentrada en estudiar: la próxima semana empiezan las exposiciones. Apenas escuché eso, sentí cómo regresaba esa presión en el pecho, pero ahora de una forma diferente.
Los exámenes son difíciles, sí, pero al menos son silenciosos. Solo estás tú, tu hoja y lo que sabes. Las exposiciones son otra cosa completamente distinta. Significan pararte frente a todo el grupo, hablar en voz alta, explicar un tema y esperar que todo salga bien mientras todos te están viendo.
Solo de pensarlo siento un peso enorme.
No es que no me guste participar, pero hay algo en las exposiciones que me pone muy nerviosa. Tal vez es el miedo a equivocarme o a quedarme en blanco. A veces imagino ese momento en el que estás hablando y de repente olvidas lo que sigue. Ese silencio incómodo donde todos esperan a que continúes. Esa es una de las cosas que más me preocupa.
Además, esta vez siento que las exposiciones son más importantes. Estamos en la preparatoria y todo parece tener más peso que antes. Los profesores esperan más de nosotros, los temas son más largos y las presentaciones tienen que estar mejor preparadas. Ya no es solo leer algo en voz alta; ahora tenemos que explicar, analizar y hasta responder preguntas.
Cuando pienso en todo eso, siento que mi mente vuelve a llenarse de preocupaciones. Es como si la semana de exámenes hubiera sido una montaña que logré subir con mucho esfuerzo, pero justo al llegar a la cima me doy cuenta de que hay otra montaña esperando enfrente.
A veces me pregunto si todos mis compañeros sienten lo mismo. Algunos parecen muy tranquilos, incluso emocionados por exponer. Otros hacen bromas diciendo que improvisarán todo el mismo día. Yo no sé cómo logran tomárselo tan a la ligera.
En mi caso, lo único que puedo pensar es en todo lo que tengo que preparar. Investigar el tema, organizar la información, hacer diapositivas, practicar lo que voy a decir y tratar de que todo tenga sentido. Solo imaginar la cantidad de cosas que debo hacer me hace sentir ese peso otra vez.
Pero al mismo tiempo, intento recordarme algo importante: ya pasé por la semana de exámenes. Hubo momentos en los que pensé que no podría con tanto estrés, y aun así lo logré. Tal vez con las exposiciones pase lo mismo. Tal vez ahora parece algo enorme, pero poco a poco se irá resolviendo.
También pienso que, de alguna forma, estas cosas son parte de crecer. La preparatoria se siente diferente a la secundaria. Todo es más rápido, más exigente, más serio. A veces eso asusta un poco, porque parece que siempre hay algo nuevo que enfrentar.
Hoy, mientras escribo esto, sigo sintiendo ese peso en los hombros. No es un miedo enorme, pero sí una presión constante que me recuerda que la próxima semana será importante. Supongo que así es la escuela muchas veces: cuando termina un reto, otro ya está esperando.
Aun así, trato de quedarme con una pequeña sensación de orgullo. Sobreviví a la semana de exámenes. Tal vez no fue perfecta, tal vez en algunos me equivoqué, pero hice lo mejor que pude en ese momento.
Ahora solo queda prepararme para lo que sigue.
La semana de exposiciones está a punto de comenzar, y aunque siento que es una carga pesada, también sé que eventualmente pasará, igual que pasaron los exámenes. Quizá dentro de unos días vuelva a escribir en este diario diciendo que todo terminó y que no era tan terrible como parecía.
Por ahora, lo único que puedo hacer es respirar hondo, organizar mis ideas y empezar a prepararme. Porque aunque el peso se siente grande, también sé que soy capaz de cargarlo.