“Aunque no quiera”

Hoy no pasó nada extraordinario, y aun así siento que mi cabeza está llena. Tal vez eso sea parte de crecer: no necesitan pasar grandes cosas para sentirse cansada. Basta con pensar. Basta con observar. Basta con empezar a entender. Antes creía que la vida adulta era solo levantarse temprano, trabajar y tener dinero propio. Ahora sé que es mucho más que eso, y la verdad… solo imaginarlo ya me deja agotada.

Últimamente me descubro prestando atención a cosas que antes ignoraba. Escucho conversaciones de adultos sin querer, veo sus caras cuando creen que nadie los está mirando, noto los silencios incómodos, las preocupaciones que se esconden detrás de un “todo está bien”. Y entonces me cae el veinte: crecer no es solo ganar libertad, también es aprender a cargar cosas invisibles. Responsabilidades, miedos, decisiones que no tienen una respuesta correcta. Pensar en eso me pesa, como si alguien hubiera puesto una mochila enorme sobre mis hombros sin avisarme.

Me doy cuenta de que el mundo no funciona como pensaba cuando era más pequeña. No todo es justo, no todo se arregla pidiendo perdón, y no siempre gana el que se esfuerza más. Hay adultos cansados que hicieron todo “bien” y aun así parecen perdidos. Eso me asusta. Me asusta pensar que puedes seguir todas las reglas y aun así terminar sintiéndote vacío. Me pregunto si algún día yo también miraré el techo por la noche preguntándome si esta es la vida que quería.

Lo más raro es que nadie te explica cuándo empieza este proceso. No hay una fecha exacta, no hay una alarma que diga “felicidades, ahora empiezas a entender la vida adulta”. Simplemente pasa. Un día te preocupa no entregar una tarea, y al siguiente te preocupa qué vas a hacer con tu futuro. Un día lloras porque alguien no te contestó un mensaje, y otro porque sientes que el tiempo se te está yendo demasiado rápido. Todo se vuelve más profundo, más serio, más cansado.

A veces observo a los adultos de mi familia y pienso que están sobreviviendo más que viviendo. Corren todo el tiempo, se estresan por dinero, por trabajo, por problemas que parecen no tener fin. Me pregunto en qué momento dejaron de soñar como lo hacían antes. En qué momento aceptaron que estar cansados era normal. Y lo peor es que empiezo a entenderlos. Entiendo por qué están de mal humor, por qué llegan sin ganas de hablar, por qué a veces se sienten solos incluso estando rodeados de gente.

Eso es lo que más me pesa: comprender. Porque cuando no entiendes, te quejas. Pero cuando entiendes, te callas. Empiezas a justificar, a aguantar, a decirte “es parte de la vida”. Y aunque suene maduro, también es triste. No quiero perder tan rápido la parte de mí que se sorprende, que se ilusiona, que cree que todo puede mejorar. Pero tampoco puedo evitar crecer. Es como estar parada en una escalera que sigue subiendo aunque yo no quiera moverme.

Pensar en el futuro me cansa. Elegir una carrera, un trabajo, una vida. Decidir quién quiero ser cuando ni siquiera sé bien quién soy ahora. Me abruma la idea de equivocarme y cargar con esa decisión durante años. Nadie habla suficiente de lo agotador que es tener que decidir todo el tiempo. Los adultos siempre dicen que somos jóvenes y que no tenemos preocupaciones reales, pero no se dan cuenta de que estamos cansados de pensar en todo lo que viene.

Hay días en los que solo quiero quedarme aquí, en este punto exacto de mi vida. No ser una niña, pero tampoco una adulta. Un lugar donde todavía puedo equivocarme sin que el error sea definitivo. Donde aún tengo permiso de no saber. Porque la vida adulta parece no darte tregua: si no sabes, te exigen que aprendas; si te cansas, te dicen que así es la vida. Y aunque lo entiendo cada vez más, no significa que me guste.

También he notado que crecer implica despedidas silenciosas. Despedirte de versiones tuyas que ya no encajan. De ideas ingenuas, de certezas simples. Antes pensaba que los adultos lo tenían todo resuelto; ahora sé que solo aprendieron a disimular mejor el caos. Eso me tranquiliza un poco, pero también me asusta. Porque si nadie lo tiene claro, entonces ¿qué estamos haciendo todos?

A veces siento culpa por pensar así. Como si fuera una exageración, como si no tuviera derecho a sentirme cansada todavía. Pero el cansancio no siempre viene del cuerpo; a veces viene de la mente, de pensar demasiado, de anticipar cosas que aún no pasan. Imaginar la vida adulta es como ver una película larga y pesada antes de que empiece, sabiendo que no puedes salir de la sala.

Aun así, hay momentos en los que creo que comprender la vida adulta también puede ser una oportunidad. Tal vez entender el cansancio me haga más empática. Tal vez saber que no todo es fácil me ayude a no idealizar ni decepcionarme tanto. Tal vez crecer no sea solo perder cosas, sino aprender a cuidarlas mejor. Me aferro a esa idea cuando el futuro se siente demasiado grande.

Por ahora, solo sé que estoy en medio de todo. En medio de entender y no querer hacerlo del todo. En medio de crecer y resistirme. En medio del miedo y la curiosidad. Escribo esto para no sentirme tan sola en mis pensamientos, para recordarme que está bien sentirse cansada incluso antes de empezar. Que está bien tener miedo de una vida que aún no llega.

Tal vez la vida adulta no sea algo que se conquista de golpe, sino algo que se aprende poco a poco, con pausas, con errores y con mucho cansancio. Y aunque solo imaginarla me agota, también espero que, cuando llegue, no se me olvide quién fui antes de entender tanto. Porque tal vez ahí esté la clave: crecer sin dejar de sentir, avanzar sin dejar de ser.

Por ahora cierro este diario. Mañana seguramente seguiré entendiendo un poco más. Y cansándome también. Pero al menos hoy lo escribí. Y eso, por alguna razón, me hace sentir un poco más ligera.

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