historia (1)

La Revolución Mexicana, que estalló en 1910 como un trueno que sacudió la calma del país, tardó un tiempo en llegar hasta los confines del Territorio Sur de la Baja California. Desde el principio, el desierto, las montañas rocosas y el mar azul profundo parecían aislados de los conflictos del continente. Sin embargo, en esa aparente lejanía nacía también una inquietud, un rumor que viajaba escondido entre cartas, periódicos y marineros que desembarcaban en los puertos de La Paz, Santa Rosalía y Mulegé. La península, con sus poblaciones dispersas, estaba a punto de entrar en un tiempo de cambios inesperados.
En La Paz, sentado frente al malecón mientras observaba los barcos procedentes de Guaymas y Mazatlán, el maestro Alfredo Green González leía con seriedad las noticias que llegaban del centro del país. Los periódicos hablaban de Francisco I. Madero, del movimiento antirreeleccionista y de los abusos del régimen porfirista. Green, conocido por su carácter pacífico y comprometido con la educación, comenzó a compartir aquellas ideas entre otros maestros y vecinos de confianza. Mientras tanto, el jefe político del territorio, el general Manuel Gordillo Escudero, vigilaba con firmeza cualquier ruido de oposición. Era un militar disciplinado, fiel a Díaz, y sabía que esas noticias podían encender la chispa de un cambio que él no estaba dispuesto a permitir.
Muy al sur, en los pueblos mineros de San Antonio y El Triunfo, los obreros trabajaban bajo el sol inclemente y la vigilancia de los capataces. El estruendo constante de los molinos, el crujido de las carretillas cargadas de mineral y el olor metálico de las vetas marcaban el día a día. Muchos de estos trabajadores habían estado en Sonora o Sinaloa, y traían consigo historias de injusticias, abusos laborales y esperanzas de un futuro más digno. Allí, hombres como Nicolás Castillo Vázquez se reunían por las noches, armados no con fusiles, sino con sus herramientas de trabajo: la barreta de mina, el marro, el pico. No poseían rifles modernos, pero ya discutían sobre el Plan de San Luis y lo que significaría una revolución para ellos y sus familias.
El 1911 llegó con la renuncia de Díaz y el triunfo maderista. Muchos en el territorio pensaron que por fin vivirían una transformación real. Sin embargo, la realidad fue más compleja. En La Paz se vivieron roces políticos entre los funcionarios porfiristas que no querían perder sus privilegios y los partidarios de Madero que exigían reformas. Las tensiones crecieron entre los burócratas leales a Gordillo Escudero y los empleados, maestros y comerciantes que querían un gobierno más justo. También en los pueblos del interior se respiraba un aire nuevo. Mujeres y hombres se atrevían a opinar sobre la política nacional, algo impensable durante el porfiriato.
Pero nada agitó tanto la península como el golpe de Victoriano Huerta en 1913 y el asesinato de Madero. Cuando la noticia llegó en un barco carguero al puerto de La Paz, el pueblo entró en shock. Hubo quienes lloraron abiertamente; otros, incrédulos, leían una y otra vez las líneas que confirmaban el crimen. Ese acto de traición provocó que muchos sudcalifornianos se alinearan con los constitucionalistas liderados por Venustiano Carranza. Los maestros paceños organizaron reuniones secretas, los trabajadores se armaron con lo que tenían a la mano, y algunos rancheros de los pueblos cercanos ofrecieron caballos y víveres a los revolucionarios.
Desde Sonora llegó Esteban Cantú, un militar decidido a asegurar el territorio para la causa constitucionalista. Junto con él venían soldados portando fusiles Mauser, rifles Winchester y carabinas 30-30, armas más modernas de las que la mayoría de los sudcalifornianos había visto. Su presencia provocó inquietud entre los huertistas locales, quienes se atrincheraron brevemente en La Paz, mientras que en el norte la agitación crecía en Santa Rosalía. En esa ciudad minera, dominada por la compañía francesa El Boleo, los obreros comenzaron a mostrar simpatía por los constitucionalistas. La empresa, temerosa de perder el control, trató de evitar que los trabajadores se organizaran, pero las ideas revolucionarias ya circulaban por los campamentos y los túneles de la mina.
En las calles polvorientas de Santa Rosalía, algunas noches podían verse grupos de obreros practicando con viejos rifles Remington, heredados de familiares o comprados en el mercado negro. Otros se organizaban para controlar la entrada y salida de cargamentos que la empresa enviaba al puerto, sospechando que podrían contener armas o recursos destinados al bando contrario. La tensión entre la compañía francesa y los trabajadores llegó a momentos críticos en los que se suspendió la extracción por días, no por falta de mineral, sino por falta de paz.
Mientras las fuerzas constitucionalistas avanzaban, en La Paz la situación se volvió insostenible para los simpatizantes de Huerta. Tras varios días de enfrentamientos breves pero intensos en las afueras de la ciudad, especialmente en zonas como El Centenario y El Carrizal, el control quedó en manos de los revolucionarios. Los huertistas huyeron por mar hacia otros puertos del Pacífico, llevando consigo documentos y pertenencias, pero dejando atrás un pueblo decidido a reconstruir su gobierno local.
En los ranchos de Santiago, Miraflores y Todos Santos, la llegada de tropas de uno u otro bando solía significar la obligación de entregar ganado, caballos o alimentos. Los rancheros, acostumbrados a depender únicamente de su propio trabajo, se vieron forzados a participar en una guerra que no habían pedido, pero que terminó formando parte de su vida. Algunos jóvenes se unieron a las fuerzas constitucionalistas, atraídos por la promesa de un país más justo; otros simplemente se escondían en los cerros cada vez que escuchaban que un grupo armado se acercaba.
Las mujeres desempeñaron un papel crucial. Mercedes Arce, figura representativa de muchas mujeres sudcalifornianas, se convirtió en enlace entre grupos de simpatizantes, llevando mensajes ocultos en dobladillos de faldas, cestas de tortillas o dentro de paños de cocina. Algunas mujeres ofrecían posada a soldados heridos; otras organizaban colectas de alimentos o mantenían escondidas pequeñas reservas de municiones. A falta de grandes batallas, la Revolución en Baja California Sur fue un movimiento de resistencia silenciosa, donde cada gesto contaba.
Para 1915, el territorio estaba casi totalmente bajo control constitucionalista. Con la victoria de Carranza en el escenario nacional, se enviaron delegados federales para reorganizar el territorio. Estos funcionarios impulsaron reformas educativas, modernizaron algunos servicios y buscaron integrar más a la península con el resto del país. Los cacicazgos locales perdieron fuerza, las escuelas comenzaron a multiplicarse y los trabajadores mineros obtuvieron mejoras en las condiciones laborales gracias a la presión ejercida durante los años de conflicto.
En 1917, la promulgación de la nueva Constitución simbolizó el inicio de un nuevo capítulo para Baja California Sur. Aunque geográficamente distantes, sus habitantes empezaron a sentir que formaban parte plena del país, no solo como observadores, sino como participantes activos en la construcción de un México distinto. La Revolución había cambiado la estructura del gobierno local, la organización del trabajo y, sobre todo, la manera en que los sudcalifornianos entendían la política y la justicia.
Con los años, las heridas de aquel periodo fueron cerrando. Las minas siguieron funcionando, los ranchos volvieron a la calma y la vida cotidiana se reanudó con la misma serenidad que siempre había caracterizado a la península. Sin embargo, quedaron historias que los abuelos contarían a sus descendientes: relatos de barcos que traían armas clandestinas, de maestros que se atrevieron a desafiar al gobierno, de mineros que empuñaron herramientas como armas, de mujeres que arriesgaron su vida en nombre de un ideal, y de soldados que cruzaron el desierto llevando la bandera de una revolución que, poco a poco, transformó la identidad de la región.
La Revolución Mexicana no incendió la península con grandes batallas, pero sí dejó una huella profunda. En Baja California Sur, la revolución fue un despertar: una llamada a participar, a exigir justicia y a imaginar un futuro diferente en medio del desierto y el mar. Su impacto, aunque silencioso y pausado, fue tan real como el viento que sopla entre los cardones o como las olas que golpean eternamente la costa. Fue una revolución de ideas, de dignidad y de resistencia, vivida en el extremo más remoto del país, pero sentida con la misma fuerza que en el resto de México.

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