La tienda ocupaba toda una manzana. Desde fuera parecía un centro comercial común, pero por dentro era un laberinto interminable de estéticas, peluquerías para mujeres y pasillos repletos de productos de belleza: perfumes dulces, cremas milagrosas, tintes, secadoras que rugían como bestias domesticadas. El aire siempre estaba caliente y saturado de aromas artificiales.
El lugar nunca estaba vacío. Mujeres sentadas frente a espejos infinitos, hombres aburridos mirando el celular, niños dormidos sobre sillones de espera. Nadie parecía notar el paso del tiempo. Los relojes no funcionaban ahí dentro.
Al fondo, casi escondido entre dos locales de uñas acrílicas, existía un pasillo estrecho y silencioso. No tenía anuncios ni música. Solo una luz blanca que nunca parpadeaba.
Ahí estaban las dos puertas.
Eran automáticas, de cristal opaco, sin manijas ni sensores visibles. Nadie las usaba. Nadie preguntaba por ellas. Las empleadas decían que conducían a un almacén clausurado. Los clientes, simplemente, no las veían.
Pero las puertas sí veían a las personas.
Jamás se abrían cuando alguien pasaba frente a ellas por curiosidad. Ni cuando un niño jugaba a correr delante. Permanecían cerradas, inmóviles, como si no existieran.
Solo se abrían cuando alguien estaba a punto de morir.
La primera vez que alguien lo notó fue una estilista llamada Clara. Estaba peinando a una clienta anciana que llevaba horas sin hablar. De pronto, la mujer se levantó, dejó caer la capa de plástico y caminó lentamente hacia el pasillo del fondo.
Clara la siguió con la mirada… y vio cómo las puertas se abrían en silencio.
La anciana entró sin voltear atrás. Las puertas se cerraron.
Esa misma noche, la noticia apareció en redes:
“Mujer fallece repentinamente por infarto en un centro de belleza.”
Con el tiempo, empezaron los rumores. Personas que desaparecían dentro de la tienda. Hombres que acompañaban a sus esposas y nunca regresaban a la zona de espera. Empleadas que, días después, eran encontradas muertas en sus casas, con el rostro inexplicablemente sereno.
Quienes sentían un cansancio profundo, un peso en el pecho, una tristeza sin nombre, comenzaban a notar el pasillo. Algo los llamaba. Un susurro que prometía descanso.
Y cuando se detenían frente a las puertas…
estas se abrían.
No había dolor. No había resistencia.
Al cruzarlas, el ruido del lugar desaparecía. No había perfumes ni secadoras ni voces. Solo una calma absoluta.
Las puertas no atrapaban a nadie.
Solo se abrían cuando ya no había vuelta atrás.
Hoy la tienda sigue funcionando. Siempre llena. Siempre viva.
Las puertas continúan ahí, discretas, esperando.
Y si algún día entras a un lugar así…
si en medio del bullicio notas un pasillo que nadie más ve…
no te detengas frente a las puertas.
Porque si se abren para ti,
ya no estarás saliendo de la tienda…
sino del mundo.