Diciembre llegó otra vez, y aunque es un mes que todo el mundo parece amar, para mí siempre ha sido una mezcla rara de emociones. Hoy camino por la calle y veo las luces colgadas en las casas, los árboles decorados en las tiendas y la música navideña sonando en todos lados, y no puedo evitar sentir una especie de nostalgia que no sé explicar del todo. Es como si diciembre tuviera la capacidad de tocar cosas dentro de mí que durante el resto del año se mantienen silenciosas.
Por un lado, me gusta esta época. Me gusta la sensación de que todo se está terminando, como si pudiera pasar una página más de este libro que llamo mi vida. Me gusta pensar que sobreviví a otro año lleno de cambios, de emociones fuertes, de aprendizajes y momentos que todavía no sé si quiero recordar o olvidar. Diciembre me hace sentir que viene un descanso, como si el mundo entero aflojara el ritmo y me diera chance de respirar un poco.
También me pasa que en diciembre todo se siente más cálido, aunque el clima sea frío. La familia intenta estar más unida, la comida sabe mejor y hasta los días parecen tener un brillo diferente. Me gusta ver a la gente comprando regalos, contando planes y abrazando un poquito más. Supongo que es bonito sentir que, aunque sea por unas semanas, todos intentamos ser mejores personas. Y aunque yo no siempre sea la más festiva, sí disfruto ver ese ambiente que solo diciembre trae.
Pero al mismo tiempo, diciembre siempre despierta cierta tristeza en mí. No una tristeza mala, sino esa que llega cuando piensas demasiado. Es un mes que me obliga a recordar, a revisar lo que hice, lo que no hice y lo que desearía haber hecho. A veces me pesa pensar en las amistades que se fueron, en los momentos que dejé pasar o en las cosas que me costaron trabajo. Diciembre me confronta con mis intentos, mis fallas y mis sueños a medio construir. No sé, siento que este mes tiene una forma especial de hacerme más sensible.
Aun así, no quiero quedarme solo con lo que me duele. Este diciembre en especial he decidido enfocarme en lo que se siente bien: en el chocolate caliente de las noches, en las risas con mi familia, en los mensajes que me llegan de gente que pensé que ya no recordaba mi existencia. En lo bonito que es llegar a casa y ver el arbolito de Navidad encendido. En sentirme un poquito más acompañada que de costumbre. Creo que diciembre también es eso: un recordatorio de que todavía hay cosas buenas, incluso entre tanto caos interno.
Lo más curioso es que, aunque cada año digo que no me emocionaré, siempre termino haciéndolo. Diciembre tiene ese poder. Tal vez es por la esperanza de un nuevo comienzo, o porque cerramos un ciclo y eso siempre se siente especial. Tal vez es por las tradiciones, por los abrazos, por los deseos que hacemos al final del año, aunque no siempre los cumplamos. No lo sé. Pero sí sé que este mes me mueve, me remueve y me vuelve un poco más consciente de mí misma.
Hoy, mientras escribo en mi diario, siento una mezcla de calma y emoción por lo que viene. Tal vez diciembre no sea perfecto, pero tiene una forma única de hacerme sentir viva, de recordarme que he crecido y que sigo cambiando. Y aunque a veces me duela un poquito, también me llena de esperanza. Y creo que, al final, eso es lo que más valoro de este mes: la sensación de que todo puede comenzar de nuevo.
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