La primera vez que escucharon el llanto, pensaron que era un gato atrapado en la basura.
Ocurrió a las 2:46 de la madrugada.
Un llanto agudo.
De bebé.
Provenía del pasillo del hospital viejo.
El Hospital Salvatierra llevaba quince años abandonado. Desde que clausuraron el ala de maternidad tras “el incidente”. Nadie hablaba de eso con claridad. Solo se sabía que una noche, sin explicación, dejaron de escucharse los monitores… y comenzaron los gritos.
Martín, guardia de seguridad del complejo ahora desocupado, no creía en historias. Era su tercera semana de turno nocturno. El edificio estaba vacío. Sin electricidad en la mayoría de los pisos. Solo su linterna y el generador de la entrada principal.
Pero esa noche, el llanto no parecía un animal.
Sonaba… desesperado.
Sostenido.
Doloroso.
Venía del tercer piso.
El ala de maternidad.
Martín dudó unos segundos. Luego tomó la radio.
—Central, voy a revisar el tercer piso.
Solo estática.
Subió las escaleras. Cada peldaño devolvía un eco hueco. El aire estaba cargado de humedad y un olor tenue a desinfectante viejo.
El llanto volvió.
Más claro.
Más cerca.
No era intermitente. Era constante. Como si esa criatura no necesitara respirar.
El letrero oxidado aún colgaba: MATERNIDAD.
Empujó la puerta.
El sonido se cortó de golpe.
Silencio total.
El pasillo era largo, con cunas metálicas apiladas contra la pared. Cortinas rasgadas se movían aunque no había viento. Martín avanzó lentamente.
Entonces lo escuchó de nuevo.
No adelante.
Detrás de él.
Giró con rapidez.
El pasillo estaba vacío.
Pero una de las cunas, al fondo, se balanceaba suavemente.
Avanzó hacia ella.
Paso.
Paso.
Paso.
El llanto comenzó otra vez.
Esta vez no provenía del aire.
Venía de dentro de la cuna.
Martín tragó saliva y apuntó con la linterna.
Dentro no había bebé.
Había algo envuelto en mantas amarillentas.
Algo demasiado grande.
Demasiado rígido.
El bulto se movió.
Y el llanto cambió.
Se transformó en una risa quebrada.
La manta cayó al suelo.
No era un bebé.
Era una figura pequeña, con extremidades torcidas y piel grisácea pegada a los huesos. Tenía la cabeza desproporcionadamente grande. Los ojos abiertos… completamente negros. Sin blanco. Sin pupila.
La boca se abrió.
Demasiado.
Desde su garganta salió el mismo llanto.
Pero ahora Martín podía ver que no era un sonido natural.
Algo dentro de esa cosa vibraba, como si tuviera más de una voz atrapada en el pecho.
Martín retrocedió.
La criatura dejó de reír.
Y lo miró.
De pronto, todas las puertas del pasillo comenzaron a cerrarse de golpe.
Una.
Otra.
Otra más.
El sonido retumbó como disparos.
Las luces del fondo parpadearon.
Y el llanto se multiplicó.
Ya no era uno.
Eran decenas.
Cientos.
Desde todas las habitaciones.
Desde las paredes.
Desde el techo.
Desde el suelo.
El piso comenzó a latir bajo sus botas.
Martín intentó correr hacia la salida.
Pero el pasillo ya no era el mismo.
Se había alargado.
Las paredes estaban más estrechas.
Y las puertas… ya no llevaban números.
Llevaban nombres.
Escritos con algo oscuro.
Martín vio uno.
Su nombre.
En la última puerta del pasillo.
El llanto cesó de golpe.
Un silencio absoluto cayó sobre el lugar.
La criatura ya no estaba en la cuna.
Estaba frente a él.
Tan cerca que podía olerla.
Olor a sangre vieja y leche agria.
La cabeza se inclinó lentamente.
Y sus ojos negros comenzaron a humedecerse.
Una lágrima espesa rodó por su mejilla gris.
Cuando habló, su voz no era infantil.
Era un coro de susurros superpuestos.
—Nos dejaron solos.
Las puertas comenzaron a abrirse una por una.
Dentro, las habitaciones no estaban vacías.
Había cunas alineadas.
En cada cuna, una figura pequeña, inmóvil.
Pero todas respiraban.
Todas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Martín.
Y comenzaron a llorar.
No de tristeza.
De hambre.
A la mañana siguiente, encontraron la garita abierta.
Las cámaras de seguridad mostraban a Martín entrando al hospital a las 2:43 a.m.
Nunca salió.
En la grabación, a las 2:46, el audio captó un llanto.
Luego muchos.
Luego silencio.
El hospital sigue vacío.
Pero quienes viven cerca aseguran que algunas noches, exactamente a las 2:46, se escuchan bebés llorando.
Y si alguien se detiene a escuchar con atención…
Puede notar que entre los llantos hay algo más.
Una voz adulta.
Suplicando que lo dejen salir.