El pueblo de San Pedro vivía con la certeza de que la lluvia no era solo agua. Cuando el cielo se abría en tormenta, los más viejos cerraban puertas, apagaban luces y rezaban en voz baja. No lo llamaban superstición, lo llamaban prudencia. Porque en San Pedro, cada aguacero traía consigo cosas que no debían nombrarse.
Camila tenía ocho años la primera vez que sintió que la lluvia la observaba. Estaba en su habitación, abrazada a un muñeco de trapo, mientras los truenos sacudían los cristales de la ventana. Su madre, desde la cocina, gritaba que no tuviera miedo, que eran solo ruidos, pero Camila sabía que había algo más.
Entre cada trueno se colaba un murmullo. Al principio era apenas un suspiro, pero pronto se convirtió en un susurro nítido:
—Ca-mi-la… abre la ventana…
La niña se cubrió los oídos, llorando, mientras las gotas golpeaban con fuerza los vidrios. Entonces un relámpago iluminó el cuarto y, por un instante, vio claramente una mano acuosa presionada contra el cristal, dedos largos y deformes, como si alguien se hubiese formado con agua y sombra para llamarla.
Esa noche no durmió. Y cada tormenta que siguió, los susurros regresaban, insistentes, pidiéndole lo mismo: abrir.
A los diecisiete años, Camila ya no era la niña temblorosa de antes, pero la lluvia seguía siendo su condena. Fingía normalidad frente a los demás, aunque cada trueno le desgarraba el pecho.
Una tarde, la tormenta la sorprendió caminando de regreso a casa. El agua le calaba los huesos mientras corría por calles desiertas. Entonces, al pasar frente a un viejo farol, la vio.
Allí estaba ella misma, de ocho años, bajo la lluvia, con el vestido empapado y la piel ceniza. La niña la miraba fijo, con los labios azules y los ojos desorbitados. Y en un hilo de voz quebrada le dijo:
—¿Por qué me dejaste sola?
Camila retrocedió, helada. Quiso gritar, pero la garganta se le cerró. La niña sonrió de manera extraña, mostrando dientes ennegrecidos por la humedad, y dio un paso hacia ella.
Camila corrió hasta su casa sin mirar atrás. Desde entonces, cada tormenta traía consigo el reflejo de esa niña en los charcos, siguiéndola, esperándola.
Los años pasaron, y Camila se volvió una anciana de cabello blanco y espalda encorvada. Había aprendido a sobrevivir a las tormentas con rituales: trancar ventanas, sellar rendijas, cubrirse los oídos con trapos. Pero nada de eso bastaba, porque el miedo crece con la carne, y en ella ya habitaba como un parásito.
Una noche de diluvio, mientras la tormenta rugía con furia sobre el techo, escuchó tres golpes en la puerta. Golpes huecos, como nudillos húmedos contra la madera.
Camila contuvo el aliento. Nadie en el pueblo abría durante una tormenta. Nadie. Pero los golpes insistieron, más fuertes, más urgentes.
Con el corazón tambaleante, arrastró sus pasos hasta la entrada. La tormenta rugía como un coro de voces. Cuando giró el picaporte, un relámpago iluminó el umbral.
Y allí estaban.
La niña de ocho años, empapada, con la piel casi translúcida.
La joven de diecisiete, con ojos desorbitados y un cabello que chorreaba agua oscura.
Las dos la miraban fijamente, como espejos quebrados de sí misma, y al unísono le dijeron:
—Ya es hora. Ven con nosotras.
El viento empujó la puerta y la casa se llenó de un olor a tierra mojada y a podrido. Camila quiso retroceder, pero algo húmedo y frío le sujetó los tobillos. Sintió como si raíces de agua la arrastraran hacia adelante.
Su grito se perdió en la tormenta.
A la mañana siguiente, los vecinos hallaron la casa vacía. No había rastro de Camila, solo charcos dispersos en el suelo, como si la lluvia hubiera caminado por dentro.
Desde aquel día, muchos aseguran que durante las tormentas de San Pedro se ven tres mujeres caminando bajo la lluvia: una niña, una joven y una anciana. Todas con el mismo rostro, todas con los mismos ojos aterrados.
Y cuando los truenos retumban, dicen que entre el estruendo puede escucharse un murmullo insistente, húmedo, que susurra nombres desconocidos.
Tal vez el tuyo.