A Diego su abuela lo escogía entre los casi quince nietos que tenía. Siempre a él.
Cuando todos estaban sentados frente al televisor viendo caricaturas, cinco minutos antes de las ocho de la noche, su abuela lo llamaba con esa voz suave y gastada:
—Diego… ve por el pan tostado.
Nadie más se ofrecía. Nadie más parecía escucharla como él.
Cuando regresaba con el pan, aún sin dejarlo sentarse, ella añadía:
—Y no olvides cortar cinco hojas del limón. Cinco. Ni una más, ni una menos.
Las hojas debían estar frescas. Recién cortadas. Siempre después de las nueve de la noche. Siempre cuando el patio ya estaba oscuro y el viento comenzaba a soplar más frío.
La casa era vieja, con un patio amplio y un limonero torcido en el fondo, cerca de la barda. De día parecía un árbol común. De noche… parecía más alto. Más delgado. Como si sus ramas se estiraran hacia el cielo negro.
La primera vez que Diego sintió algo extraño fue al cumplir diez años.
Salió con la pequeña linterna en la mano. La luz apenas alcanzaba a iluminar el tronco rugoso. El resto del patio quedaba tragado por la oscuridad.
Cuando estiró la mano para cortar la primera hoja, el árbol crujió.
No como madera movida por el viento.
Como huesos acomodándose.
Diego se quedó quieto.
—Son ideas mías… —murmuró.
Cortó la segunda hoja.
Algo cayó detrás de él.
Giró de golpe.
Nada.
Solo la ropa tendida moviéndose lentamente.
Tercera hoja.
Sintió que alguien lo observaba desde la casa.
Levantó la vista hacia la ventana de la cocina.
Ahí estaba su abuela.
Mirándolo.
Sonriendo.
Sus ojos azules brillaban demasiado en la oscuridad.
No parpadeaban.
Cuarta hoja.
El viento cesó.
El silencio fue tan profundo que pudo escuchar su propia respiración.
Y otra más.
Más pesada.
Justo detrás del árbol.
Quinta hoja.
Cuando la arrancó, el tronco se abrió ligeramente.
Una grieta vertical.
Como una boca.
Diego retrocedió.
La grieta se cerró lentamente, como si nunca hubiera estado ahí.
Corrió a la cocina y dejó las hojas sobre la mesa.
La abuela las tomó con manos temblorosas.
Las olió profundamente.
—Están frescas —susurró satisfecha.
Esa noche, Diego no pudo dormir.
A las 2:13 de la madrugada, escuchó pasos en el patio.
Lentos.
Arrastrados.
Se asomó por la ventana de su cuarto.
El limonero se movía.
No por el viento.
Se inclinaba.
Hacia la casa.
Sus ramas golpearon suavemente el vidrio.
Tap.
Tap.
Tap.
Como si pidiera entrar.
Desde entonces, cada noche, el ritual fue igual.
Pan tostado.
Cinco hojas.
Siempre cinco.
Un día, Diego decidió no salir.
Fingió estar dormido.
Su abuela apareció en la puerta de su cuarto.
No encendió la luz.
Pero él pudo verla.
De pie.
Más erguida que de costumbre.
—Diego… —susurró.
Su voz ya no sonaba anciana.
Sonaba… profunda.
Antigua.
—Las hojas para el té.
Él apretó los ojos.
No respondió.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces escuchó algo en el patio.
Pasos.
Pesados.
Como si algo caminara sobre raíces gruesas.
Un roce contra la pared.
Después, un golpe seco contra la puerta trasera.
La abuela no se movió.
—Si tú no las cortas… —dijo lentamente— …él vendrá por las suyas.
El golpe se repitió.
Más fuerte.
La puerta vibró.
Diego abrió los ojos.
Su abuela ya no estaba en la puerta.
La puerta trasera se abrió sola.
Un olor húmedo, a tierra recién removida, inundó la casa.
Ramas largas se deslizaron por el suelo como dedos buscando algo.
Diego gritó.
A la mañana siguiente, la familia encontró el patio revuelto.
El limonero estaba más grande.
Mucho más grande.
Sus raíces sobresalían del suelo como venas.
La abuela bebía su té en silencio.
—¿Y Diego? —preguntó una tía.
La abuela levantó la taza con manos firmes.
Sus ojos azules parecían más brillantes que nunca.
—Está descansando.
Esa noche, nadie mandó a nadie por hojas.
Pero a las nueve en punto, cinco hojas frescas aparecieron sobre la mesa.
Recién cortadas.
Con pequeñas marcas en el borde.
Como si alguien las hubiera arrancado con los dientes.
Desde entonces, el limonero da hojas todo el año.
Nunca se seca.
Nunca pierde su color.
Y si alguien se acerca demasiado al tronco en la oscuridad…
Puede escuchar algo atrapado dentro.
Un susurro.
Una voz infantil.
Contando lentamente.
Uno…
Dos…
Tres…
Cuatro…
Y justo antes de decir cinco…
El árbol cruje.
Como esperando que alguien termine de contar.