Clara compró la casa porque era barata. Demasiado barata para ser una vivienda colonial en el centro de la ciudad de La Paz BCS, con jardines amplios y techos altos. El agente inmobiliario mencionó algo de "problemas previos con inquilinos", pero ella no preguntó. Estaba cansada de alquilar, necesitaba un lugar propio, y el precio era irresistible.
La mudanza fue rápida. Sus pocas cajas, sus libros, su gato negro llamado Sombra. La primera noche durmió profundo, agotada.
La segunda noche, despertó a las 3:17 a.m.
Escuchó pasos.
Pasos lentos, descalzos, en el pasillo del piso de arriba. Arrastrando ligeramente, como si alguien cojeara.
Clara vivía sola. Sombra dormía acurrucado a sus pies.
Se levantó, encendió la luz. El pasillo estaba vacío. Las puertas de las habitaciones cerradas, como las había dejado.
"Una casa vieja se asienta", pensó. Volvió a la cama.
A la tercera noche, los pasos empezaron más temprano. A las 2:45 a.m. Bajaron la escalera. Uno a uno. Con pausa en cada escalón, como si la persona dudara.
Clara se sentó en la cama, el corazón latiéndole fuerte. Sombra erizó el lomo y bufó hacia la puerta.Los pasos llegaron al rellano de abajo. Luego silencio.
Después... se oyó el crujido de la mecedora en la sala.
La mecedora que Clara no había tocado desde que se mudó. Estaba en una esquina, cubierta de polvo.
Se armó de valor, tomó el celular como linterna y bajó.
La mecedora se balanceaba sola. Lenta. Adelante... atrás... adelante...
Se detuvo cuando ella entró.
Clara no durmió más esa noche.
Al día siguiente investigó. Preguntó a los vecinos. Una anciana de la casa contigua, con voz temblorosa, le dijo:—Esa casa perteneció a los Morales. Hace treinta años, la madre enloqueció. Mató a sus dos hijos pequeños con un cuchillo de cocina. Luego se ahorcó en el ático. Dicen que sigue buscando a sus niños por las noches. Camina descalza, cojeando porque se torció el tobillo al bajar corriendo la escalera esa noche fatal.
Clara se rio nerviosa. No creía en fantasmas. Pero esa noche puso música alta y luces encendidas en toda la casa.
No sirvió.
Los pasos volvieron. Más fuertes. Más cerca.
Esta vez, empezaron en su habitación.
Clara abrió los ojos en la oscuridad. Sombra había desaparecido.
Escuchó los pasos rodeando su cama. Despacio. Arrastrando.
Sintió que algo se sentaba al borde del colchón. El peso hundió el colchón.
Un susurro, apenas audible, como el aliento frío en su oído:—¿Dónde están mis niños?
Clara gritó. Encendió la luz.
Nada. La cama vacía. Sombra maullando desde debajo del armario.
Se mudó al hotel esa misma noche. Dejó todo atrás.
Dos semanas después, curiosa y escéptica, volvió de día para recoger sus cosas.
La casa estaba en silencio. El sol entraba por las ventanas.
Subió al dormitorio.
Sobre la cama, perfectamente alineados, estaban los dos ositos de peluche que había comprado para regalar algún día a sobrinos que no tenía.
Nunca los había sacado de la caja.
Y en la mecedora de la sala, balanceándose sola otra vez, estaba Sombra.
Mirándola fijamente.
Con los ojos completamente blancos.
Clara salió corriendo. Nunca volvió.
Ahora la casa está en venta otra vez.
Más barata que antes.
Y si pasas por allí de noche, escucharás los pasos.
Descalzos. Arrastrando.
Buscando.
Y a veces... una voz suave, maternal, susurrando por las rendijas:—¿Dónde están mis niños?
Tal vez tú puedas ayudarla a encontrarlos.
Después de todo... la casa está vacía.
Y necesita una familia.