La Maldición de los Ojos Grises (Cuento)

En el pueblo de San Isidro, enclavado entre cerros que siempre parecían cubiertas de niebla, vivía la familia Alcántara. Todos los31038439878?profile=RESIZE_400x que conocían su historia susurraban lo mismo: los Alcántara llevaban una maldición desde hacía siglos. Nadie sabía exactamente cómo había empezado, pero los ancianos contaban que un antepasado, don Rodrigo Alcántara, había hecho un pacto con algo que no era humano para salvar su hacienda durante una hambruna terrible. A cambio, cada generación pagaría un precio.
El signo de la maldición era simple y escalofriante: los ojos grises.
No cualquier gris. Un gris frío, como el de la ceniza mojada, que aparecía en un miembro de la familia al cumplir los veinticinco años. Quien desarrollaba esos ojos estaba condenado a ver cosas que los demás no veían. Cosas que esperaban en los bordes de la realidad.
Elena Alcántara tenía veinticuatro años y vivía sola en la vieja casa familiar, la misma que su bisabuela había abandonado tras perder la razón. Sus padres habían muerto en un accidente cuando ella era niña, y su único hermano mayor se había ahorcado el día que cumplió los veinticinco. Sus ojos, en las fotos del funeral, eran de un gris imposible.
Elena no creía en la maldición. Era maestra de escuela, racional, atea. Se reía de las historias que le contaba su abuela antes de morir: “Cuando te miras al espejo y ves que tus ojos han cambiado, es porque ellos han empezado a verte a ti también”.
Pero el día de su vigésimo quinto cumpleaños llegó.
Se levantó temprano, como siempre. Se lavó la cara en el baño antiguo, con el espejo empañado por el vapor. Se secó con la toalla y se miró.
Sus ojos seguían siendo castaños, como los de su madre. Suspiró aliviada. “Supersticiones”, murmuró.
Pasaron los días. Las semanas.
Nada cambió.
Hasta una noche de tormenta, tres meses después.
Elena se despertó sobresaltada por un trueno. La casa crujía como si respirara. Se levantó para cerrar la ventana del pasillo y, al pasar frente al espejo del recibidor, algo la detuvo.
Se acercó.
Sus ojos eran grises.
No un gris suave. Eran del color del plomo, sin vida, con un brillo extraño que parecía venir de dentro.
Se tocó la cara, aterrorizada. El reflejo hizo lo mismo.
Entonces vio algo más.
Detrás de su reflejo, en el pasillo del espejo, había figuras.
Sombras altas, delgadas, sin rostro claro. Estaban quietas, observándola.
Elena giró la cabeza rápidamente. El pasillo real estaba vacío.
Volvió a mirar el espejo.
Las figuras se habían acercado un paso.
Retrocedió. Corrió a su habitación y se encerró.
A la mañana siguiente, llamó al pueblo. Nadie contestó. Fue al espejo de su cuarto: ojos grises. Figuras más cerca.
Los días siguientes fueron un infierno lento.
Las figuras solo aparecían en los reflejos. En espejos, en charcos de lluvia, en las ventanas por la noche. Siempre más cerca. Siempre en silencio.
Elena dejó de mirarse. Cubrió todos los espejos de la casa con sábanas negras. Rompió algunos.
Pero la maldición no necesitaba espejos.
Una noche, sentada en la cocina a oscuras, oyó pasos en el piso de arriba. Subió con una linterna temblorosa.
En el pasillo, vio su propio reflejo en la ventana.
Pero no era ella quien estaba parada allí.
Era una de las figuras, usando su cara. Sus ojos grises. Sonriendo con una boca que no era humana.
Elena gritó.
Corrió hacia la puerta principal, pero al abrirla, vio el patio reflejado en el vidrio de la ventana lateral.
Todas las figuras estaban allí, esperándola.
Cerró la puerta.
Se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas.
Y esperó.
Ahora, si visitas San Isidro y pasas por la vieja casa Alcántara, verás que está abandonada. Las ventanas tapiadas. La puerta cerrada con candado.
Pero a veces, en noches de tormenta, los vecinos dicen que se enciende una luz en el piso de arriba.
Y si te atreves a acercarte y mirar por una rendija, verás a una mujer joven sentada en el pasillo, mirando fijamente hacia adelante.
Sus ojos son grises como la ceniza.
Y detrás de ella, muy cerca ya, están las figuras.
Esperando el momento en que por fin pueda salir.
Porque la maldición no mata.
Solo cambia de portador.
Y la casa siempre necesita a alguien que la habite.

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