Las láminas del techo crujían como dientes apretados mientras el agua caía a chuzos por segundo día consecutivo. En La Paz, cuando la lluvia no cede, el desierto no absorbe; el agua busca salida y se convierte en una trampa viva.
Esa noche, la angustia encerró a la familia en su pequeña casa cerca del cauce seco del arroyo El Cajoncito. El agua ya subía por las paredes externas y el viento soplaba con un silbido humano. Manuel sabía que quedarse era morir ahogados. Miró a su esposa, Elena, cuyo rostro pálido apenas se distinguía en la penumbra, y a sus dos hijos pequeños, aferrados a sus piernas con un temblor que no era de frío, sino de espanto.
—Tenemos que cruzar al otro lado —dijo Manuel, intentando ocultar el pánico en su voz—. Del otro lado está la carretera alta.
Tomaron una sola linterna y salieron a la negrura líquida. La lluvia les azotaba la cara con la fuerza de alfileres. Al llegar al borde del arroyo, el horror los paralizó. Lo que solía ser un camino de tierra seca y piedras era ahora un monstruo rugiente de lodo, ramas rotas y corriente desenfrenada. El agua negra parecía hervir bajo la luz vacilante de la linterna.
—¡Manuel, no! ¡Escucha el agua, huele a muerte! —gritó Elena, tratando de retroceder, pero la corriente que ya bajaba por la calle les cubría los tobillos. Quedarse atrás ya no era una opción. El arroyo los estaba acorralando.
Manuel cargó al niño menor sobre los hombros y tomó a su hija de la mano. Elena se agarró del brazo de su esposo con los dedos entumecidos. Dieron el primer paso dentro de la corriente.
El agua no estaba fría; estaba helada, pesada, densa como el lodo. En el segundo paso, la fuerza del arroyo los golpeó en la cintura. La hija mayor dejó escapar un alarido cuando sus pies perdieron el suelo, quedando suspendida en el aire, sostenida únicamente por el agarre desesperado de su padre.
Entonces ocurrió el primer horror.
Algo debajo del agua —una rama gruesa o el tronco sumergido de un cardón— golpeó las piernas de Manuel con la fuerza de un impacto de auto. Un crujido seco resonó dentro de sus huesos antes del dolor asesino. Manuel perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
El niño que llevaba en los hombros salió despedido hacia la oscuridad. Su pequeño grito de socorro fue sofocado en menos de un segundo por el rugido de la corriente.
—¡EL NIÑO! ¡DIOS MÍO, EL NIÑO! —aló Elena, sumergiéndose en el agua negra a ciegas, intentando manotear en la nada. La corriente la arrastró violentamente hacia abajo, tragándosela en la negrura mientras sus uñas raspaban inútilmente el barro del fondo.
Manuel, aguantando el dolor atroz de su pierna fracturada, apretó con toda su fuerza la mano de su hija. La niña lloraba sin aire, tragando agua lodo, con la cabeza apenas emergiendo.
—¡No te sueltes, mi amor! ¡No me sueltes! —suplicaba Manuel, arrastrándose a ciegas hacia la otra orilla que jamás parecía llegar.
Pero la corriente no tenía piedad. Un golpe de agua aún más alto, cargado con el detrito de los Cerros de la Virgen, los envolvió por completo. Bajo el agua no había luz, solo la sofocante sensación del lodo metiéndose por las narices y los oídos. En la negrura abisal, Manuel sintió cómo los diminutos dedos de su hija, helados y débiles, se escurrieron lentamente de su mano.
Intentó gritar bajo el agua, pero solo consiguió llenar sus pulmones de lodo y desesperación.
Minutos después, la tormenta siguió rugiendo sobre el arroyo. La luz de la linterna flotó un par de metros antes de apagarse para siempre bajo la superficie.
Al día siguiente, cuando el sol volvió a salir sobre el desierto y el arroyo comenzó a bajar, la calma de la mañana parecía una burla. En la orilla, atrapados entre las ramas secas y el lodo acumulado, yacían cuatro cuerpos inmóviles. Quienes viven cerca de El Cajoncito aseguran que, cuando vuelve a llover dos días seguidos, entre el rugido del agua se escuchan los suplicantes gritos de una madre y el llanto de dos niños que nunca lograron llegar al otro lado.