La tarde se deslizaba hacia la noche cuando la familia llegó al panteón. Las sombras se alargaban entre las lápidas, y un viento frío susurraba historias olvidadas. Ana, una joven curiosa, se separó del grupo, atraída por las antiguas criptas cubiertas de musgo.
Mientras recorría los pasillos de piedra, Ana examinaba los nombres y fechas grabados en las tumbas. De repente, algo llamó su atención: una mano esquelética, hueso puro, que emergía de una tumba descuidada. En uno de los dedos, un anillo brillaba tenuemente a la luz de la luna. Sin pensarlo dos veces, Ana retiró el anillo y lo guardó en su bolsillo, sin mencionar nada a su familia.
Los días siguientes, Ana notó cambios extraños. Objetos que desaparecían y reaparecían en lugares insólitos, susurros en la oscuridad, y una sensación constante de ser observada. Una noche, mientras dormía, sintió una mano fría que le tomaba la suya. Despertó de golpe, pero no había nadie.
El terror se intensificó cuando los miembros de su familia comenzaron a enfermar uno tras otro. Un médico no pudo encontrar la causa, y el ambiente en su hogar se volvió denso y opresivo. Desesperada, Ana recordó el anillo. Investigó en viejos libros y descubrió que el anillo pertenecía a un espíritu vengativo, atrapado en el panteón, cuya mano había sido separada de su cuerpo.
Con el corazón latiendo con fuerza, Ana regresó al panteón esa misma noche. Bajo la luz de la luna llena, buscó la tumba de donde había sacado el anillo y lo colocó de nuevo en la mano esquelética. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando la mano se hundió lentamente en la tierra.
Al día siguiente, su familia comenzó a recuperarse. Los susurros cesaron y la sensación de ser observada desapareció. Aliviada, Ana pensó que todo había terminado, pero estaba equivocada. Una noche, al mirarse en el espejo, notó algo diferente. Sus dedos se veían más huesudos, y en uno de ellos, ¡el anillo brillaba con una luz espectral! El espíritu, al ser liberado, había encontrado un nuevo recipiente: la propia Ana.