Entre los cerros polvorientos que separan a San Evaristo del olvido, se levanta una casa vieja, de madera reseca y ventanas sin vidrio. Los pescadores y rancheros del rumbo la conocen bien: el Rancho El Mal de Orín. Nadie se atreve a pasar por ahí cuando cae la noche.
Cuentan los viejos que hace más de treinta años, allí vivía la familia Valencia: el padre, Don José, su esposa Teresa y sus tres pequeños —Ramiro, Efraín y la niña Luz—. Eran buenos rancheros, tranquilos, hasta aquella noche de luna roja en que todo cambió.
Los vecinos dicen que los escucharon gritar, que el viento llevó los alaridos hasta el cerro de enfrente.
Cuando al amanecer fueron a ver qué había pasado, encontraron la puerta abierta, los animales muertos y la familia entera sin vida, como si una sombra los hubiera devorado desde adentro. Nadie supo quién o qué fue. Solo encontraron marcas en el suelo, como si alguien hubiera arrastrado cuerpos hacia el pozo seco.
Desde entonces, nadie volvió a vivir ahí.
Pero lo peor empezó después.
Cada año, entre julio y septiembre, cuando el viento baja del mar con olor a sal y descomposición, los pescadores que regresan de noche aseguran ver luces jugando frente a la casa.
Tres luces pequeñas, moviéndose rápido, como si fueran niños corriendo.
Y si uno se acerca… alcanza a escuchar risas suaves, entrecortadas, como de niños que juegan a las escondidas. Pero esas risas se apagan de pronto, y entonces empieza el llanto.
Un llanto bajo, triste, que sale del pozo.
Los pocos que han tenido el valor de acercarse cuentan que se siente el aire cambiar, que la piel se eriza, que el corazón late tan fuerte que parece querer escapar del pecho. Uno de ellos, Pancho Loya, un vaquero de la zona, dijo haberlos visto con claridad:
“Tres chiquillos… sin ojos… con la ropa vieja, jugando con una pelota de trapo. La niña me miró, y cuando lo hizo, sentí que me helaba la sangre. Me dijo con esa voz que no era de este mundo:
‘¿Quieres jugar con nosotros?’”
Pancho corrió y no volvió jamás por ese camino.
Murió meses después, soñando con risas que salían del pozo.
Hoy, si pasas de madrugada por el camino de terracería que lleva a El Mal de Orín, verás la silueta del rancho a lo lejos, la puerta balanceándose con el viento, y quizá —si el diablo tiene ganas de jugar—, distinguirás a los tres pequeños frente a la casa.
Dicen que si los miras más de tres segundos…
uno de ellos te voltea a ver.
Y al día siguiente, cuando mires tu reflejo en el agua o en el espejo, verás a los tres detrás de ti, riendo.
Por eso, en San Evaristo nadie pasa por ese rumbo después del anochecer.
Porque todos saben que en el rancho El Mal de Orín, los muertos no descansan.
Y los niños… todavía juegan.