En los alrededores de San Dionisio, un rancho perdido entre cerros y mezquites, los viejos cuentan que hay un lugar donde el aire nunca está quieto, aunque no sople el viento. Un arroyo seco, donde las piedras parecen susurrar y los coyotes evitan pasar cuando cae la noche.
Era 1984 cuando Don Rosendo, un ranchero testarudo y sin miedo a nada, decidió acampar allí. Quería comprobar si era verdad lo que decían los vecinos: que cada año, la noche del 2 de noviembre, se escuchaban llantos de mujer y pasos descalzos sobre las piedras del arroyo.
“Puros cuentos pa’ asustar muchachos”, decía mientras amarraba su caballo y encendía su lámpara de petróleo.
Pero a eso de las once y media, cuando la luna se reflejaba en los charcos secos, algo cambió.
El silencio se volvió tan espeso que hasta el caballo comenzó a resoplar inquieto. Rosendo escuchó el primer sonido: un lamento largo, húmedo, que venía desde el fondo del arroyo.
“Aaaaaay… mis hijooooos…”
El viejo se quedó helado. Pensó que alguien lloraba, tal vez una mujer perdida. Pero al alumbrar con la lámpara, no había nadie. Solo vio la silueta de una mujer, de cabello larguísimo y blanco, flotando sobre el agua inexistente.
La lámpara titiló. Rosendo dio un paso atrás "Ora" Exclamo.
Ella levantó la cabeza.
No tenía ojos.
Solo dos agujeros negros de donde salía un vapor frío que olía a tierra recién abierta.
“¿Has visto a mis hijos?” —susurró con una voz tan vieja como el desierto.
Rosendo intentó responder, pero la garganta no le dio. El caballo relinchó con fuerza y se soltó de la soga, huyendo entre los matorrales. La mujer se acercó lentamente, cada paso sonaba como huesos que se quiebran.
Cuando la luz se apagó por completo, Rosendo sintió un aliento gélido detrás del oído, y algo le tocó el hombro con dedos delgados y mojados.
Corrió sin mirar atrás, tropezando con piedras, con el corazón a punto de estallar.
Dicen que llegó al rancho al amanecer, pálido, sin habla, y con el cabello completamente blanco.
Murió semanas después, murmurando entre delirios:
“No era una mujer… era algo del otro mundo… buscaba a sus hijos entre los muertos…”
Desde entonces, los vaqueros que pasan por el Arroyo de los Muertos aseguran escuchar el mismo lamento. Algunos dicen que si respondes al llamado, si dices “no los he visto”, la mujer te sigue hasta tu casa, y en el reflejo del agua del pilón aparece su cara, deshecha y llorando sangre.
Por eso, los viejos de San Dionisio aún advierten a los jóvenes:
“Si una mujer te llama en la noche, aunque jure que está perdida… no le contestes. Porque en el desierto, las almas también caminan… y algunas aún lloran.”