Era una noche de lluvia espesa, de esas en las que el agua golpea las ventanas como si quisiera entrar. En el pequeño pueblo de San Domingo, todos dormían… excepto Lucía, una joven que acababa de mudarse a una vieja casa heredada de su abuela.
La casa olía a humedad y recuerdos, con muebles cubiertos por sábanas amarillentas y retratos de rostros que parecían seguirte con la mirada. Desde el primer día, Lucía notó algo extraño: una puerta al final del pasillo, siempre cerrada con llave. Su abuela le había dejado una nota en la cocina, escrita con una letra temblorosa:
“No abras la puerta del fondo. No importa lo que escuches.”
Lucía pensó que eran supersticiones de anciana, pero esa noche los susurros comenzaron.
Primero fueron débiles, como el roce del viento. Luego se transformaron en voces —una, dos, tal vez tres— que parecían llamarla por su nombre desde detrás de la puerta:
“Lucía… ven… tenemos frío…”
El reloj marcó las 3:17 a.m. cuando la chapa empezó a girar por sí solo. Lucía, paralizada, tomó una vela y avanzó con pasos lentos. Cada crujido del piso sonaba como un grito ahogado. El aire se volvió denso, pesado, imposible de respirar.
La puerta temblaba, como si alguien golpeara desde dentro.
Toc… toc… toc…
“Déjanos salir…”
Lucía acercó la vela y vio que la cerradura goteaba un líquido oscuro, espeso, con olor a hierro. La vela titiló y una corriente helada le apagó la llama. En la oscuridad, las voces se volvieron un grito:
“¡ABRE!”
Entonces lo hizo.
El chirrido de la puerta desgarró el silencio. Dentro no había nada… solo un cuarto vacío, cubierto de polvo. Dio un paso y la puerta se cerró de golpe detrás de ella.
Lucía gritó, pero nadie la oyó. En el espejo roto del fondo, vio algo moverse. No era su reflejo. Era una figura encorvada, de piel gris, ojos hundidos y sonrisa torcida. Le hablaba con la voz de su abuela:
“Ahora tú guardarás la puerta, como yo…”
Los vecinos cuentan que la casa sigue en pie, abandonada, pero a veces —cuando llueve y el viento sopla desde el norte— se escucha una voz que dice tu nombre desde el pasillo:
“… ven… tenemos frío…”
Y si alguien se atreve a acercarse, juran que la chapa se mueve, y una sombra delgada se asoma por la rendija, sonriendo.