Patricia lavaba los trastes después de la cena.
El agua caliente corría, y el vapor empañaba la ventana. En la sala, su esposo, Daniel, veía una película de acción, mientras el reloj marcaba las 11:47 de la noche.
Todo era normal, hasta que escuchó algo.
Una voz, suave, casi un murmullo detrás de su oído derecho:
“Patricia…”
Se giró de inmediato. No había nadie.
El aire se sentía más frío, pesado.
Miró hacia la puerta, pero solo vio el reflejo del comedor oscuro.
—¿Me hablaste, Dani? —gritó con una risa nerviosa.
—¿Qué? No, yo no te hablé —respondió desde la sala.
Entonces la voz volvió, un poco más clara:
“Aquí estoy…”
El plato se le resbaló de las manos y se rompió en el fregadero.
Patricia se quedó paralizada. Su respiración se aceleró.
Daniel, alarmado, se levantó y fue corriendo hacia la cocina.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Alguien me habló… aquí… justo detrás de mí.
Daniel la miró confundido, pero antes de que pudiera decir algo, él también lo escuchó.
Una voz extraña, ronca, profunda, que no venía de ningún lado y de todos a la vez.
“¿Por qué me olvidaron…?”
Daniel se quedó pálido.
—Yo también lo escuché —dijo con voz baja.
Patricia comenzó a temblar.
Dejó el trapo, respiró hondo y, entre sollozos, le confesó algo que había callado por meses:
—No es la primera vez… —dijo con los ojos fijos en el fregadero—. A veces, cuando estoy sola, la escucho. Me llama por mi nombre. A veces dice que tiene frío. O que tiene hambre.
Daniel intentó tranquilizarla, pero una sombra pasó detrás de ella, reflejada en el vidrio de la ventana.
Una figura borrosa, como si alguien estuviera de pie justo afuera.
Él volteó rápido, abrió la puerta del patio, y… nada. Solo el viento moviendo una silla vieja.
Cerró la puerta y volvió a la cocina, pero Patricia ya no estaba.
El grifo seguía abierto, el agua cayendo, y en la pared, escrita con dedos mojados, se leía:
“Te dije que estaba aquí.”
Daniel gritó Patricia. Recorrió la casa entera.
Nada.
Solo silencio.
A las 3:00 a.m., la policía llegó. No había señales de lucha, ni rastro de Patricia.
Solo una huella húmeda en el suelo, como de un pie descalzo de mujer, que salía de la cocina y se perdía hacia la puerta trasera.
Desde entonces, los vecinos dicen que en esa casa, cuando cae la noche y alguien lava los trastes, se escucha una voz detrás del oído.
A veces susurra “Patricia”…
otras veces simplemente dice:
“Ahora te toca a ti.”