Capítulo 1. Dos pasiones
En la colonia todos conocían a Jorgito. No había día que no se le viera corriendo detrás de un balón, con las rodillas raspadas y la camiseta empapada de sudor.
—¡Pásala, Jorgito! —gritaban sus amigos en la cancha de tierra.
Él fintaba, esquivaba y disparaba como si estuviera en el mismísimo estadio Azteca.
Pero en la secundaria, Jorgito tenía otra faceta. Allí no solo destacaba por ser el mejor del equipo de fútbol escolar, sino también por su curiosidad sin límites. En las clases de ciencias levantaba la mano una y otra vez.
—Profe, ¿y si hacemos que el cohete de agua vuele más alto con una válvula diferente? —preguntaba con entusiasmo.
Algunos se burlaban.
—¿Futbolista o científico? ¡Decídete! —le gritaban en los pasillos.
Pero él sonreía.
—Voy a ser las dos cosas.
En el fondo, Jorgito creía que no había que elegir. Que un balón y un experimento podían convivir en el mismo corazón.
Capítulo 2. El golpe más duro
La vida de Jorgito cambió una tarde gris. Su mamá, doña Elena, la mujer que lo animaba en los partidos y lo ayudaba a hacer maquetas de volcanes en la cocina, se enfermó gravemente. Tras semanas de lucha, falleció.
El vacío fue insoportable.
Dejó de entrenar, dejó de estudiar. El balón quedó guardado en el armario, y los cuadernos de ciencias acumulaban polvo.
—Ya no quiero nada —dijo una noche, abrazando la almohada.
Los maestros intentaban animarlo.
—Eres muy talentoso, Jorgito, no abandones tus sueños —insistía la profesora de biología.
—Vuelve al equipo, muchacho, necesitamos tu garra —decía el entrenador.
Pero él solo bajaba la mirada. Su mundo había perdido el color.
Capítulo 3. El nuevo maestro
Al iniciar el nuevo trimestre, llegó un profesor distinto: el profesor Ramírez. Era un hombre de cabello canoso, bigote discreto y mirada profunda. Enseñaba ciencias, pero también ayudaba en los entrenamientos de fútbol.
El primer encuentro fue directo.
—Tú eres Jorgito, ¿no? El chico que dicen que lo hacía todo bien, pero que ahora no hace nada.
Jorgito apretó los labios.
—Ya no me interesa… nada.
El profesor lo observó con calma.
—Está bien. Pero ven mañana a la cancha. No para jugar, solo para mirar.
Jorgito no entendió la petición, pero al día siguiente fue. Se sentó en la banca. Escuchó los gritos de sus compañeros, el eco del balón golpeando los postes, las carcajadas después de cada jugada. Su pecho comenzó a latir más fuerte.
Extrañaba estar ahí.
Capítulo 4. Poco a poco
El profesor Ramírez fue paciente.
—Ayúdame a inflar los balones.
—Conéctame estos cables para el experimento de hoy.
Pequeños encargos que parecían insignificantes, pero que poco a poco fueron abriendo grietas en el muro de tristeza de Jorgito.
Una tarde, el profesor lo retó:
—¿Te atreves a entrar quince minutos al partido de práctica?
Jorgito dudó. Pero cuando el balón rodó hacia sus pies, algo despertó en él. Corrió, fintó y disparó. El gol hizo que sus compañeros lo abrazaran entre gritos.
Esa misma semana, en el laboratorio, se entusiasmó de nuevo.
—Profe, ¿y si diseñamos un cochecito que funcione con energía solar?
El maestro sonrió.
—Eso suena como un verdadero proyecto para el concurso estatal.
Capítulo 5. El concurso
Los meses siguientes fueron intensos. Jorgito entrenaba con el equipo, pero también pasaba tardes enteras en el laboratorio escolar, trabajando con cables, motores y paneles solares.
Llegó el gran día del Concurso Estatal de Ciencia y Tecnología Juvenil. Su equipo presentó un coche eléctrico impulsado por energía solar.
Antes de salir al escenario, Jorgito temblaba.
—No sé si puedo, profe…
—Claro que puedes —respondió Ramírez, poniéndole una mano en el hombro—. Habla como si estuvieras explicando una jugada de fútbol.
Cuando llegó su turno, Jorgito levantó la voz:
—Queremos demostrar que la ciencia puede ser divertida y útil. Este coche no contamina y funciona con energía limpia. Nuestro sueño es que algún día estas ideas ayuden a cambiar al mundo.
El auditorio aplaudió. El jurado deliberó.
Ganaron el segundo lugar.
Para otros quizá era poco, pero para Jorgito fue como levantar una copa de campeón.
Capítulo 6. El renacer
Esa noche, Jorgito colocó la medalla junto a la foto de su mamá.
—Mamá, sigo jugando… y sigo inventando —susurró con lágrimas en los ojos.
El fútbol y la ciencia volvieron a ser sus pasiones. Entrenaba con disciplina y estudiaba con empeño. Había comprendido algo: que los sueños no mueren mientras uno tenga la valentía de levantarse.
El profesor Ramírez se convirtió en su mentor y, de alguna manera, en esa figura que lo animaba a no rendirse.
—Recuerda, Jorgito —le decía—: en el fútbol y en la ciencia, perder no significa fracasar. Significa tener otra oportunidad para mejorar.
Y así, entre balones y experimentos, Jorgito volvió a brillar, demostrando que incluso después de la pérdida más dolorosa, siempre se puede volver a soñar.