Hoy fue uno de esos días que se sienten más largos de lo normal. Desde que desperté, había algo en el ambiente que me hacía sentir incómoda, como si ya supiera que algo importante iba a pasar. Y sí, hoy fue la entrega de calificaciones.
No es como si no supiera cómo me había ido. Durante las últimas semanas estuve pensando mucho en eso, repasando mentalmente cada examen, cada tarea que hice rápido o incluso aquellas que entregué tarde. Aun así, tener ese papel frente a mí es completamente diferente. Es como si todo se volviera más real, más pesado.
Cuando llegué a la escuela, noté que no era la única que se sentía así. Mis compañeros estaban más callados de lo normal, algunos intentaban hacerse los relajados, otros se reían nerviosamente. Es curioso cómo todos vivimos lo mismo, pero cada quien lo maneja de manera distinta.
Entramos al salón y la maestra empezó a llamar lista. Cada nombre que decía hacía que mi corazón latiera más rápido. Sentía un nudo en la garganta, como si no estuviera lista para ver mis resultados, aunque en el fondo sabía que no podía evitarlo.
Cuando por fin dijo mi nombre, caminé hasta el escritorio tratando de verme tranquila, pero por dentro estaba llena de pensamientos. Tomé la hoja, la miré por unos segundos sin entender nada, como si mis ojos no quisieran procesar la información. Luego respiré profundo y comencé a leer.
No todo fue malo, pero tampoco perfecto. Hubo materias en las que me fue mejor de lo que esperaba, y otras en las que definitivamente pude haber dado más. Y eso fue lo que más me pegó… saber que no siempre se trata de capacidad, sino de esfuerzo.
Regresé a mi lugar con sentimientos encontrados. Por un lado, sentí alivio de que ya había pasado ese momento. Por otro, no podía dejar de pensar en lo que pude haber hecho diferente. Es extraño cómo una simple hoja puede hacerte cuestionar tantas cosas.
Durante el resto del día, no pude concentrarme del todo. Veía a mis compañeros comparar calificaciones, algunos felices, otros decepcionados. Yo decidí guardármelo para mí. No quería que ese momento se volviera una competencia o algo de lo que tuviera que dar explicaciones.
Al salir de la escuela, sabía que lo más difícil aún no pasaba: llegar a casa. Pensar en la reacción de mis papás me tenía nerviosa. No porque fueran estrictos, sino porque sé que esperan mucho de mí… y a veces siento que yo también espero demasiado de mí misma.
Cuando finalmente les mostré mis calificaciones, hubo silencio por unos segundos que se sintieron eternos. Luego comenzaron a hablar conmigo, no con enojo, sino con ese tono que mezcla preocupación y apoyo. Me dijeron que podía hacerlo mejor, pero también que no todo estaba mal.
Y creo que eso fue lo que más necesitaba escuchar.
Ahora, ya en mi cuarto, escribiendo esto, me doy cuenta de que este día no solo se trató de números. Se trató de enfrentarme a mí misma, de aceptar mis errores y reconocer mis logros, aunque sean pequeños.
Tal vez no fue el resultado perfecto, pero fue suficiente para entender algo importante: aún tengo tiempo para mejorar. Y más que nada, tengo la oportunidad de demostrarme a mí misma que puedo hacerlo mejor la próxima vez.
Hoy no fue un día fácil, pero tampoco fue un fracaso. Fue un recordatorio de que estoy en proceso, de que aprender también implica equivocarse.
Y aunque me cueste admitirlo… eso también está bien.