Hoy, mientras regreso a casa después de otro día en la preparatoria, no puedo evitar pensar en lo mucho que han cambiado las cosas desde que entré. A veces siento que sigo siendo la misma niña insegura que salió de la secundaria sin saber muy bien qué esperar de la prepa, pero al mismo tiempo noto que hay algo distinto en mí: una sensación de avance, de que finalmente estoy encontrando mi propio ritmo. Y aunque no todo ha sido fácil, puedo decir que mi desempeño hasta ahora me hace sentir orgullosa, o al menos más tranquila que al principio.
Cuando comencé el semestre estaba llena de dudas. Me preguntaba si sería capaz de adaptarme, si mis hábitos de estudio serían suficientes o si terminaría perdiéndome entre tantas tareas y responsabilidades nuevas. Al principio, confieso que me costó. Llegaba a casa tan cansada que no quería ni abrir la libreta, y había días en los que dudaba de mí misma. Pero poco a poco todo fue cambiando. Aprendí a organizar mi tiempo, a no dejarme llevar por la ansiedad y a confiar un poquito más en mis capacidades. Eso ha hecho que mis calificaciones empiecen a reflejar el esfuerzo que estoy poniendo.
No digo que ahora todo sea perfecto, pero sí noto una mejora real. En cada clase siento que entiendo más, que participo sin tanto miedo y que no me escondo detrás de mis compañeros. Antes temblaba con solo pensar en pasar al frente, pero últimamente he descubierto que no es tan terrible como parecía. Creo que ver mis propios avances me ha dado una especie de impulso invisible que me anima a seguir esforzándome. Y esa sensación es nueva para mí. Me gusta.
Otra cosa que ha cambiado es mi relación con las personas. Al inicio me costaba socializar, sentía que todos tenían su grupo menos yo. Pero con el tiempo empecé a soltarme un poco. A veces basta con una sonrisa o un “¿ya viste la tarea?” para empezar una conversación. Me he dado cuenta de que hay gente buena a mi alrededor, personas que me apoyan, que me explican cuando no entiendo algo, y con las que incluso puedo reír después de un examen difícil. Tal vez todavía no encuentro un “mejor amiga” o un grupo súper unido, pero siento que estoy construyendo conexiones reales y eso también me ayuda a sentirme más segura.
Lo más importante es que, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy haciendo las cosas bien. No perfectas, pero bien. Estoy entregando mis trabajos a tiempo, entiendo mejor los temas, mis maestros me felicitan cuando muestro esfuerzo y hasta mis papás notan que ya no estoy tan estresada como al principio. Me sorprende darme cuenta de que soy capaz de más de lo que pensaba. A veces una misma es su peor crítica, y yo suelo exigirme de más, pero ahora trato de reconocer mis pequeños logros sin minimizar todo lo que he trabajado.
Sé que me falta mucho camino por recorrer, que vienen más exámenes, más proyectos y quizá más dudas, pero al menos hoy me siento estable. Siento que las cosas finalmente están tomando forma, que mis días tienen más claridad y que cada paso que doy me acerca a la versión de mí misma que quiero llegar a ser. No sé si algún día tendré todo bajo control —porque la vida no funciona así—, pero sí sé que he mejorado, que ya no soy la chica temerosa que entró a la preparatoria pensando que no podría con nada.
Ahora, cuando me veo en el espejo, ya no veo solo cansancio o incertidumbre. Veo a una adolescente que está aprendiendo, creciendo y avanzando, aunque sea despacio. Y creo que eso es suficiente. A veces mejorar no significa cambiarlo todo de un día para otro, sino ir construyendo el camino con pasos firmes, aunque pequeños. Y hoy, mientras escribo esto en mi diario, puedo decir con total sinceridad que estoy orgullosa de mí. Porque las cosas realmente han mejorado… y seguiré trabajando para que continúen así.
Comentarios